[[REEMPLAZAR-IMAGEN: foto genérica de una oficina de correos de EE.UU. o de una urna electoral — buscar imagen libre de derechos]]
Un juez federal dictaminó esta semana que el Servicio Postal de Estados Unidos no puede aplicar el decreto de la administración Trump sobre la entrega de boletas de voto por correo. En la superficie, es un fallo técnico sobre procedimientos postales. En el fondo, es la última señal de un pulso que lleva meses gestándose sobre quién controla, en la práctica, las reglas del voto por correo en un país donde ese mecanismo ya decide elecciones completas.
Lo que hace que este fallo importe no es tanto el contenido específico del decreto —que buscaba imponer nuevos plazos y procedimientos de entrega para las boletas enviadas por correo— sino el hecho de que un tribunal haya frenado, una vez más, un intento del Poder Ejecutivo de modificar unilateralmente las reglas del juego electoral a través de una agencia federal, en lugar de por la vía legislativa. Es un patrón que se ha repetido con otros decretos de esta administración: usar la autoridad ejecutiva sobre agencias federales para intentar cambiar de facto políticas que, en teoría, requerirían aprobación del Congreso o de las legislaturas estatales, que son las que constitucionalmente regulan el proceso electoral en cada estado.
Para entender la magnitud de lo que está en juego, hay que recordar que el voto por correo pasó de ser una opción marginal a un pilar central de la participación electoral en Estados Unidos, sobre todo después de la pandemia. Millones de personas —muchas de ellas trabajadoras, personas mayores, votantes en zonas rurales o comunidades que históricamente han enfrentado más obstáculos para votar en persona— dependen de que ese sistema funcione con reglas claras y estables. Cambiar plazos de entrega o procedimientos de validación a pocos meses de un ciclo electoral no es un ajuste administrativo menor: puede determinar si miles de boletas legítimas llegan a tiempo para ser contadas o no.
Este fallo llega, además, en un momento en que la Corte Suprema ya dejó claro este año que no todos los intentos de esta administración por rediseñar reglas electorales o migratorias de un plumazo van a prosperar en los tribunales, como ocurrió con el intento de eliminar la ciudadanía por derecho de nacimiento. La diferencia es que, mientras ese caso se resolvió parcialmente a favor de la Casa Blanca en cuanto al alcance de las órdenes judiciales, en este caso el Servicio Postal queda inhabilitado, al menos por ahora, para aplicar los cambios.
Con las elecciones de medio término de 2026 cada vez más cerca, cualquier alteración en las reglas de entrega del voto por correo deja de ser un tecnicismo administrativo y se convierte en una pieza central de la disputa por el control del Congreso. Es exactamente el tipo de decisión judicial que, aunque hoy se resuelve en un tribunal federal de bajo perfil, terminará determinando en qué condiciones millones de estadounidenses puedan ejercer su voto dentro de pocos meses.