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En el discurso central de las celebraciones por el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, Trump incluyó las operaciones militares en Venezuela e Irán entre los logros que definen su política exterior, presentándolas como las dos “victorias” más importantes de su actual mandato. La mención no fue un dato de relleno en un discurso ceremonial: fue, para un presidente que cuida con precisión cómo se construye su legado, una elección deliberada sobre qué quiere que la historia recuerde primero.

Lo llamativo es que ambos episodios, más allá de cómo los describa la Casa Blanca, están lejos de ser historias cerradas. En Venezuela, la salida forzada de Nicolás Maduro en enero desencadenó una cadena de eventos que el propio gobierno estadounidense sigue gestionando hoy: un gobierno interino con legitimidad frágil, una crisis humanitaria agravada por el terremoto de junio, y una transición política que la propia Casa Blanca ha dicho que no espera resolver antes de 2027 o 2028. En Irán, la muerte del líder supremo Ali Khamenei en febrero dio paso a funerales de Estado que apenas esta semana reunieron a millones de personas, en medio de dudas sobre la estabilidad de la sucesión y una tregua con Washington que sigue sin cerrarse del todo.

Presentar ambos episodios como “victorias” completas, cuando en la práctica siguen siendo procesos abiertos con desenlaces incierto, importa por lo que revela sobre la estrategia de comunicación de cara a las elecciones legislativas de noviembre: convertir eventos de política exterior todavía en desarrollo en logros ya consumados, aprovechando el marco simbólico del aniversario número 250 del país para que esa narrativa se fije en la memoria colectiva antes de que la complejidad real de ambas situaciones —costos de reconstrucción en Venezuela, inestabilidad en Irán— tenga tiempo de complicar el relato.

Para la diáspora venezolana en particular, escuchar cómo Washington describe lo ocurrido en su país como una “victoria” cerrada, mientras en Venezuela crece la ira por una reconstrucción que no avanza y un gobierno interino cuestionado, expone una brecha real entre cómo se cuenta la historia desde el Despacho Oval y cómo se vive desde Vargas o La Guaira. Esa brecha entre narrativa política y realidad sobre el terreno es, probablemente, la pieza más importante de este discurso, más allá del aplauso que haya recibido en la celebración.