[[REEMPLAZAR-IMAGEN: foto genérica de un resort de lujo en Florida o de una gala nocturna — buscar imagen libre de derechos]]

Una nueva declaración financiera de Donald Trump muestra que los ingresos de sus dos principales resorts en Florida, Mar-a-Lago y Trump National Doral, registraron un aumento del 55% desde que regresó a la presidencia, según cifras reportadas por Forbes. Trump ha visitado ambas propiedades más de dos docenas de veces desde comienzos del año pasado, mientras compañías con intereses regulatorios ante el gobierno federal, comités políticos y grupos de presión compiten por reservar sus propios eventos en el mismo espacio.

El propio Trump aumentó la cuota de membresía inicial del club a 1 millón de dólares poco antes de su reelección, una decisión que multiplicó el valor de cada nuevo ingreso al círculo social más cercano al presidente. En 2025, Mar-a-Lago fue sede de varias “cenas a la luz de las velas” de 1 millón de dólares por persona organizadas por MAGA Inc., el súper comité de acción política que respalda a Trump, con la asistencia de figuras como Elon Musk. El Comité Nacional Republicano, por su parte, gastó más de un millón de dólares en eventos realizados en Mar-a-Lago y Doral entre 2025 y 2026.

Lo que convierte esta cifra en algo más que una curiosidad sobre bienes raíces de lujo es la lista de quiénes han pagado por acceder a ese espacio. XTI Aerospace, una empresa que desarrolla tecnología de vuelo vertical y que ya tenía contratos federales menores, organizó una cena en el club en noviembre de 2025. El equipo directivo de Pfizer sostuvo una reunión fuera de sus instalaciones habituales, en Mar-a-Lago, apenas días antes de la segunda toma de posesión de Trump. Ninguna de las dos empresas respondió a solicitudes de comentarios sobre el propósito de esas reuniones.

El propio Trump ha usado además sus clubes para promover directamente sus negocios cripto: organizó una gala en Mar-a-Lago para los principales compradores de su memecoin $TRUMP en abril de 2026, con un discurso propio y un brindis de champán incluido, en momentos en que, según reportes de CNN, sus emprendimientos cripto ya le habían generado más de 1.000 millones de dólares mientras la mayoría de los inversores del sector perdían dinero.

¿Por qué debería importarle esto a alguien que nunca pisará Mar-a-Lago? Porque este patrón —empresas con intereses regulatorios pendientes pagando por acceso directo al círculo presidencial, en un espacio privado sin las mismas reglas de transparencia que aplican a reuniones oficiales en la Casa Blanca— es precisamente el tipo de zona gris que las leyes de ética gubernamental buscan limitar, pero que resulta extremadamente difícil de fiscalizar cuando ocurre dentro de un club privado de membresía. Especialistas en ética gubernamental han señalado repetidamente que este tipo de superposición entre negocio personal y función presidencial representa uno de los conflictos de interés más visibles, y menos regulados, de la política estadounidense actual, sin que exista, hasta ahora, un mecanismo efectivo para separar claramente ambas esferas.