[[REEMPLAZAR-IMAGEN: foto genérica de un puerto o instalación militar en el Golfo Pérsico — buscar imagen libre de derechos]]

Estados Unidos lanzó una nueva ronda de ataques contra Irán la madrugada del jueves, bombardeando cerca de 90 objetivos militares —incluidos radares costeros, sistemas de defensa aérea y posiciones de misiles antibuque— según confirmó el Comando Central (Centcom). Horas después, Irán respondió atacando instalaciones estadounidenses y aliadas en Baréin, Kuwait y Catar, ampliando un conflicto que hasta hace apenas 48 horas se describía, con la tregua todavía vigente, como una disputa contenida entre dos países.

El Pentágono publicó imágenes no clasificadas de los ataques, mientras medios estatales iraníes vinculados al régimen reportaron explosiones en las ciudades portuarias de Chabahar, Konarak, Bandar Abbas y Sirik, todas ubicadas en el sur de Irán sobre el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. El objetivo declarado por Centcom es “reducir aún más la capacidad de Irán para amenazar la libertad de navegación” en esa ruta marítima, por donde transita cerca del 20% del petróleo que se consume en todo el mundo.

Lo que convierte este momento en algo distinto a las semanas anteriores de tensión es la geografía del contraataque iraní. Atacar instalaciones en Baréin, Kuwait y Catar —tres países que albergan bases militares estadounidenses y que hasta ahora se mantenían al margen del conflicto directo— transforma lo que empezó como una confrontación bilateral en un enfrentamiento que involucra directamente a toda la región del Golfo. Ninguno de estos tres países ha buscado protagonismo en esta guerra; su exposición actual es, en gran medida, resultado de albergar infraestructura militar estadounidense en su territorio, una realidad que ahora los coloca en la línea de fuego de la represalia iraní.

Trump, desde la cumbre de la OTAN en Turquía, insistió en que cualquier escalada adicional “terminará muy rápido” y que no busca “una situación a largo plazo”, calificando de “pérdida de tiempo” negociar con los líderes iraníes. Esa declaración llega en un contexto particularmente delicado para la propia estructura de poder iraní: el país todavía atraviesa el funeral de Estado por Ali Khamenei, con la procesión fúnebre llegando a la ciudad de Qom en su cuarto día, mientras persisten las dudas sobre la solidez del liderazgo de su hijo y sucesor, Mojtaba Khamenei, cuyo asesor había prometido una “respuesta inmediata” a la amenaza de Trump antes de que se concretara este nuevo ataque.

Para cualquiera fuera de la región, la pregunta más urgente no es solo cuántos países más podrían verse arrastrados a este conflicto, sino qué tan sostenida será la presión sobre los precios de la energía si la inestabilidad en el Golfo se prolonga. El petróleo ya había subido hasta 6% cuando la tregua se rompió; una expansión geográfica del conflicto hacia más países productores y hacia rutas marítimas críticas adicionales es, precisamente, el tipo de escenario que los mercados energéticos observan con mayor nerviosismo, porque a diferencia de un conflicto contenido entre dos actores, una guerra regional multiplica los puntos donde el suministro global de crudo puede verse interrumpido.