La primera fase, la estabilización, suele ser la menos comprendida y la más incómoda. No promete democracia inmediata ni elecciones exprés. Promete algo más básico: que el país no colapse en el vacío. Para quienes vivimos fuera, pero seguimos con el corazón anclado en Venezuela, esta etapa tiene un significado claro: evitar el caos que siempre termina pagando la gente común. En términos prácticos, implica control, orden y administración del daño, incluso cuando eso no se ve “heroico” en el corto plazo.
La segunda fase, la recuperación, apunta a reconstruir capacidades. No solo económicas, sino institucionales. Aquí entra el petróleo, la inversión, el retorno progresivo de reglas reconocibles. Pero también entra algo más difícil de cuantificar: la confianza. Ningún país se recupera solo con capital si no hay señales de que el poder está dispuesto a ceder espacios reales.
Y es justamente allí donde aparecen las señales políticas.
Este 8 de enero, el gobierno venezolano inició una liberación parcial de presos políticos. No es un gesto total, ni definitivo, ni suficiente. Pero en política transicional, los gestos parciales también hablan. Para quienes hemos visto durante años el incumplimiento sistemático de acuerdos, este movimiento no puede leerse como casual. Es una señal de alineación con compromisos previos, y una confirmación de que el proceso no es puramente retórico.
La tercera fase, la transición propiamente dicha, sigue siendo la más nebulosa. Rubio fue claro: los detalles vendrán después. Y eso, lejos de ser una debilidad, refleja una realidad incómoda: las transiciones no se decretan, se construyen. Llegan cuando las condiciones mínimas están creadas y cuando los actores entienden que el costo de no avanzar es mayor que el de avanzar.
Desde la mirada del migrante, estas tres fases no son un plan abstracto. Son una posible hoja de ruta para algo más concreto: el regreso de la normalidad. No necesariamente el regreso físico inmediato, pero sí el regreso de la esperanza racional, esa que no se basa en consignas sino en hechos verificables.
La liberación parcial de presos políticos no resuelve el drama venezolano, pero sí envía un mensaje: hay un proceso en marcha y hay incentivos claros para cumplir. En escenarios como el venezolano, las transiciones no comienzan con celebraciones, sino con señales discretas. Y este 8 de enero, una de esas señales ya se encendió.
El reto ahora no es sobreactuar el optimismo ni caer en el cinismo automático. El reto es observar, medir y exigir coherencia entre discurso y hechos. Porque, al final, las transiciones reales no se anuncian: se reconocen cuando empiezan a ocurrir.
